¿Está bien que un hombre casado que tiene amigas

Un hombre que mira mucho a una mujer es porque algo le gusta. No necesariamente esta enamorado, pero ha encontrado algún detalle que le llama la atención. Un hombre no busca una mujer perfecta, simplemente una mujer de bien arreglada y segura de si misma. Para toda mujer siempre hay un hombre que la ve guapa. 5. Se sienten con derecho: Cuando un casado tiene la desfachatez de buscar a alguien más, es un hombre egoísta, a quien de repente se le olvidó que juró lealtad a su pareja y por eso prefiere satisfacer sus necesidades más básicas con otra. Otros, para sentirse poderosos de tener dos mujeres a la vez y otros tienen una amante porque sí. Suena ilógico pensar que una mujer no puede identificar cuando el hombre con el que está saliendo está ya comprometido o, peor aún, casado con alguien más. Sin embargo, esta situación es mucho más frecuente de lo que tú piensas. Aprende a identificar las señales de que es un hombre casado. Lamentablemente aún existen hombres con […] Puedes darte la vuelta y sentarte de nuevo con tus amigas y seguir con la fiesta, o puedes seguir estos consejos para saber cómo seducir a un hombre casado. Como conquistar a un hombre casado. Para conseguir seducir a un hombre que está casado tienes que seguir casi los mismos ejemplos y consejos para cualquier otra persona, solo que tienes ... chicas crenn que un hombre casado pueda tener amigas??: Hola chicas, tengo una inquietud, pues resulta que llevo 10 años de relación con.mi esposo y lo conozco muy bien y conozco todo su círculo de amistades, últimamente me lo he cogido tarde en la noche con el celular en la mano, yo me acuesto mas temprano a veces por el cansancio del dia, pues trabajo y atiendo a la bebé. Creo que haces bien Hola, creo que haces bien, si bien ella no tiene que perder las amistades por ti, tiene que aceptar que su vida cambio, que ahora tiene un compromiso contigo y no puede salir a solas con un hombre, pues da a imaginarse muchas cosas, esto es imposible de no pensar, por mas confianza que le tengas, creo que haces bien. Tiene miedo a que lo descubras y a la vez está tratando de encontrar ‘justificaciones’ (excusas) en su mente para auto-convencerse de que lo que le está pasando está bien. Cada vez que tú comentas algo sobre el vecino o la novela acerca de la infidelidad, él se pone súper defensivo y arma una discusión contigo sin motivos. Que hay de cierto... que los hombres casados tienen un actrativo especial? El hombre casado siempre ha sido codiciado por alguien más que su mujer. Chicas inteligentes, exitosas, sensatas encuentran placer en andar escabulléndose con el esposo de otra, cargando con una gran culpa sobre sus hombros, escondiéndose eternamente y poniendo sus vidas en suspenso hasta que él decida dar el gran ... Otra de las conclusiones puede ser que notes que tienes un interés que va más bien dirigido a sentimientos del tipo amoroso y de ser así, es momento de que te alejes. Por supuesto, para analizar la situación no debes pensar solo en tus sentimientos y acciones pues, aunque no sientas nada más, es posible que él experimente todo lo contrario. Compromiso. Uno de los signos más evidentes de un hombre casado es su disposición al compromiso. Si han estado viéndose desde hace algún tiempo y está continuamente presionándote para que estuvieras con él en forma permanente, independientemente de los problemas que puedan causar en su propia vida, en un principio puede parecer que realmente te ama.

.........Y mato porque me toca.

2017.08.15 07:49 Subversivos .........Y mato porque me toca.

El relato del crimen que transportó a este país hacia las regiones mentales más frías de los asesinos anglosajones en serie comienza cuatro años antes del 30 de abril de 1994, noche en la que un estudiante de tercero de Químicas, de 22 años, y otro de tercero de B.U.P., de 17, eliminan a un hombre con 20 puñaladas porque lo exigía el guion del juego que ellos mismos inventaron.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS ... Y mato porque me toca Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
Cuatro años antes de aquella madrugada, en un campo de fútbol del barrio madrileño de Chamartín, Félix Martínez, un niño de oc­tavo de E.G.B., se embelesa con los gritos desde la grada de un chaval cinco años mayor, ojos azules detrás de gafas gruesas, metro noventa sobre el nivel del suelo, moreno y desgarbado en el andar. Félix se le acerca creyendo que declama nombres de personajes del juego del rol, el invento que surgió a finales de los sesenta en Estados Uni­dos y conquistó en forma de negocio las papelerías españolas en la década de los noventa. Varias fichas, un tablero, una historia inven­tada y unos roles, interpretaciones o arquetipos que se adjudica a ca­da participante. Inteligencia, fantasía y tiempo libre para probarlas. Ordena y manda la figura del rol master.
A Félix no le gustaba ningún deporte, ni siquiera le apasionaba el cine, ni las chicas –su primera relación amorosa la tendría dos años después–, ni las motos, ni la ropa, ni los estudios. Tan sólo leer, a ser posible historias paranormales, escribir poemas y jugar al rol.
Félix se iba a llevar una sorpresa. Allí tenía un posible compañe­ro de Rol gritando aparentemente nombres de personajes. ¿A qué es­peraba para conocerlo? El chico de E.G.B. aborda por fin al miope de ojos azules y le pregunta si también sabe jugar al rol. Dos trage­dias se dieron la mano.
MÁS INFORMACIÓN ... Y mato porque me toca Todo lo publicado en El País sobre el caso 2008: Javier Rosado, el asesino del rol obtiene el tercer grádo 1999: Félix Martínez se rehabilita en un piso de estudiantes La de Félix, fácil de resumir: nunca tuvo hermanos, su padre ge­nético murió drogadicto y enfermo de sida cuando el niño cumplía un año, la madre mexicana, también drogadicta, conoció a su padre adoptivo cuando el chaval cursaba segundo de E.G.B. y se separaría cuatro años más tarde. Félix conocería entonces el cariño incondi­cional del nuevo padre y el desbarajuste colegial de todos los maes­tros por los que iba pasando, ya fueran de Madrid, Ibiza o La Rio­ja, según adjudicaran su estancia al lado de la madre o del padre. «Nunca hubo paz, eso no era una familia», confesaría el chico. La madre muere también de sida dos años antes del crimen y dos años después del encuentro con Javier en el campo de fútbol.
Félix, un carácter inseguro, nunca líder ni siquiera de sí mismo, lector empedernido, conoce en aquel campo a otro lector más empe­dernido, un fulano con una seguridad en sí mismo extraordinaria, alguien con frases del tipo «las mejores drogas están en la cabeza de uno», solitario, bien educado, taciturno y didáctico: Javier Rosado Calvo, vecino de Félix en una calle de Chamartín donde los pisos de cien metros cuadrados cuestan hasta 30 millones de pesetas de los años noventa. El del padre adoptivo de Félix, empleado en una empresa de máquinas tra­gaperras, era tan sólo alquilado.
Javier gritaba en las gradas varios nombres pero, para sorpresa del chiquillo, aquel tipo encorvado no sabía jugar al Rol. El chasco duró sólo un segundo, porque las palabras del otro llevaban un significado aún más atractivo y profundo que el del simple juego: eran nombres, pasajes, del gran novelista de literatura fantástica H. P. Lovecraft, el genio de principios de siglo cuyos relatos de tumbas, castillos temblorosos, sueños, monstruos y nieblas llegan cargados de frases tipo: «Los hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan sólo en virtud de los frágiles senti­dos físicos [...]». H. P. Lovecraft, la pasión confesa de Javier.
«Desde que conocí a Javier y me metió en su mundo», reconoció Félix en sus exploraciones psiquiátricas y psicológicas a raíz del cri­men, «todo cambió para mí, encontré otro tipo de pensamientos le­jos de los vulgares de cada día, cambió mi interior, me entregué a es­te tipo de filosofía que era apasionante, aún me sigue pareciendo apasionante, Javier se convirtió para mí en un ser extraordinario muy superior al hermano mayor que nunca tuve, me dejé arrastrar por él [...]. Al cabo de un tiempo llegué a hablar como él y a hacer gestos como él. Él hablaba mucho mejor que yo, mis ideas me las re­batía con facilidad [...]. Todo el mundo era estúpido para él, pero yo creo que yo para él no era estúpido».
Y Javier, la otra cara de la tragedia, encontró en Félix el público de banderita y trompeta que necesitaba su egolatría, el hermano pe­queño que tampoco tuvo, porque su único hermano, un año mayor, más fuerte, vencedor en las disputas físicas, apenas se trataba con Javier. Félix sería el discípulo predilecto de una filosofía alimentada con cuatro obras de Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe o Stephen King mal mezcladas y otras tantas decenas seudoliterarias, peor di­geridas.
Durante una convalecencia por lesión en una pierna, Félix le lle­va un juego del rol y Javier aprende a jugar. Al poco tiempo el en­fermo crea Razas, un juego basado en el rol. La humanidad se di­vide en 39 razas o arquetipos que él ha inventariado basándose en personajes y nombres novelescos prestados por Lovecraft. Las razas, diría Javier, son ideas humanas llevadas al extremo. La raza 37 corresponde a los psicólogos, la 25 a las mujeres, la 22 al hombre, la 1 al bien y la 7 al mal. Cuando los psiquiatras le preguntan si jugaba al Rol, hay veces en que Javier llega a enojarse y dice que su juego era mucho más importante que el rol; era Su Obra, una «filosofía total» a la que había dedicado más de mil páginas y de la que espe­raba escribir un libro.
Hasta la noche del crimen, Javier pasa por un tipo normal, sin traumas perceptibles ni siquiera por su familia. Su padre, ingeniero industrial, solía jugar al ajedrez con él, su madre, enfermera, le sa­naba las heridas, y su hermano, compañero repetidor en tercero de Químicas, aseguraba que a Javier le bastaba con asistir a clase para aprobar.
Javier no era un joven de inteligencia superdotada, en eso coinci­den profesores y psiquiatras, pero disponía de la justa para creerse con mucha, para ganar un concurso de ajedrez en la cárcel y no disimular el orgullo o para impresionar a cuatro chavales del barrio menores que él. En los dos primeros cursos de Químicas consiguió seis aprobados, dos notables y un sobresaliente. Un expediente bueno, sin más.
Personalidad, conocimientos y edad suficiente, en cualquier caso, para erigirse en Master, líder de la banda del rol, que entre bromas y veras planeó matar la madrugada del 30 de abril a la primera víctima de lo que iba a ser una serie de crímenes. Los otros dos chava­les, Javier Hugo E. S. y Jacobo P., de 17 y 18 años respectivamente, fueron encausados por conspiración para el asesinato. A Jacobo le preguntó la policía por las normas de Razas y contestó que no había normas concretas como en el fútbol: «Se trata de sobrevivir en un mundo imaginario». Unas veces había que impedir la llegada a puerto de un barco, otras, era preciso destruir una ciudad y en al­gunas ocasiones se trataba de asesinar a alguna mujer que traicionó a su raza. Todo sobre la mesa.
Jacobo declaró que cuando Javier y Félix le llevaron al descampado donde habían eliminado a un hombre y se lo confesaron, él lo tomó como una fantasmada. Javier y Félix se vanagloriaban de aquello y lo equipararon al crimen de las setenta puñaladas, perpe­trado cerca de su barrio.
Empieza el juego
Un mes antes de la noche del 30 de abril, El País publicaba el hallazgo del cadáver de un hombre con unas setenta puñaladas y los ojos sacados. La noticia no causó otro efecto en los presuntos asesi­nos que el de animarles. A partir de ahora el tablero iba a adquirir la forma de toda la ciudad, con sus cuestas, sus descampados tene­brosos, sus personajes hundiéndose en la noche; las fichas serían pu­ñales y para moverlas vendría mejor usar guantes de látex que Ja­vier tomaría de sus clases de prácticas en la facultad; las reglas, sin límite.
Félix contó a los psiquiatras: "Yo creo que todo empezó a pla­nearlo [Javier] con decisión a raíz de un libro concreto de Lovecraft: Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter, y en especial el capí­tulo "A través de la llave de plata", pasaje en el que un hombre se cansó del mundo y empezó a dedicarse a sus sueños hasta que al fi­nal estos sueños invadieron su propia realidad».
Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. La realidad invadida puede ser la de un hombre casado como Carlos Moreno, con tres hijos y amigo de una viuda también con tres hijos, con la que había pasado la noche. Carlos visitaba desde hacía cinco años la casa de su amiga Modesta L., de 51 años, desde las diez hasta la una de la madrugada. Nunca pensó en separarse, ni Mo­desta se lo pidió, ni su mujer ni sus hijos, conscientes de la relación, lo obligaron. Los viernes Carlos salía más tarde de aquella casa y aquel viernes de abril salió a las tres. Si cobraba su nómina de 60.000 pesetas, montaba en taxi hasta la otra punta de la ciudad. Y si no, el búho, que es como se conoce en Madrid a la línea de autobuses nocturnos. La noche del crimen Carlos llevaba las 60.000 pe­setas en el bolsillo, pero optó por el autobús. Y en la parada encon­tró a los admiradores de Lovecraft dispuestos a soñar sus pesadillas.
El crimen perfecto exigía, según Henry, el psicópata de la pelícu­la Retrato de un asesino, un desconocimiento total de la víctima, ningún móvil, nada. Ya lo habían avanzado la novelista Patricia Highsmith y el director Alfred Hitchcock en Extraños en un tren: si un desconocido mata a mi esposa y yo a su madre, nadie ha de sos­pechar nada; en principio.
Así que ahí llegan los dos, Javier y Félix, en busca de una vícti­ma a la que nunca han visto. El escenario no podía ser más propi­cio. Un descampado de risco y pastizal, una casa desvencijada en medio de un llano, de esas que parecen existir sólo en días de vien­to, una luna de miedo y una parada de autobús, como un oasis sin nadie.
Para acercarse a los hechos valga el diario de Javier Rosado, un texto sin precedentes en la historia criminal de España:
«Salimos a la 1.30. Habíamos estado afilando cuchillos, preparán­donos los guantes y cambiándonos. Elegimos el lugar con precisión.»
«Yo memoricé el nombre de varias calles por si teníamos que sa­lir corriendo y en la huida teníamos que separarnos. Quedamos en que yo me abalanzaría por detrás mientras él [por Félix] le debilita­ba con el cuchillo de grandes dimensiones. Se suponía que yo era quien debía cortarle el cuello. Yo sería quien matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita (aunque esto último no era imprescindible pero sí saludable), a un viejo o a un niño. Llegamos al parque en que se debía cometer el crimen, no había absolutamente nadie. Sólo pasaron tres chicos, me pareció de­masiado peligroso empezar por ellos [...]. En la parada de autobús vimos a un hombre sentado. Era una víctima casi perfecta. Tenía ca­ra de idiota, apariencia feliz y unas orejas tapadas por un walkman.»
«Pero era un tío. Nos sentamos junto a él. Aquí la historia se tornó ca­si irreal. El tío comenzó a hablar con nosotros alegremente. Nos con­tó su vida. Nosotros le respondimos con paridas de andar por casa. Mi compañero me miró interrogativamente, pero yo me negué a ma­tarle.»
Félix no supo explicar después por qué Javier le perdonó la vida. Y el otro nunca lo contó.
«Llegó un búho y el tío se fue en él [...].»
«Una viejecita que salió a sacar la basura se nos escapó por un minuto, y dos parejitas de novios (¡maldita manía de acompañar a las mujeres a sus casas!).»
«Serían las cuatro y cuarto, a esa hora se abría la veda de los hombres [...]. Vi a un tío andar hacia la parada de autobuses. Era gordito y mayor, con cara de tonto. Se sentó en la parada.»
« [...] La víctima llevaba zapatos cutres y unos calcetines ridícu­los. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpeada, y una papeleta imaginaria que decía: "Quiero morir". Si hubiese sido a la 1.30 no le habría pasado nada, pero ¡así es la vida!»
«Nos plantamos ante él, sacamos los cuchillos. Él se asustó mirando el impresionante cuchillo de mi compañero. Mi compañero le mira­ba y de vez en cuando le sonreía (je, je, je).»
Félix alegó dos meses después ante la policía que se encontraba algo bebido y que le daba miedo desobedecer a su amigo.
«Le dijimos que le íbamos a registrar. ¿Le importa poner las ma­nos en la espalda?, le dije yo. Él dudó, pero mi compañero le cogió las manos y se las puso atrás. Yo comencé a enfadarme porque no le podía ver bien el cuello.»
«Me agaché para cachearle en una pésima actuación de chorizo vulgar. Entonces le dije que levantara la cabeza, lo hizo y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado. Nos llamó hi­jos de puta. Yo vi que sólo le había abierto una brecha. Mi compañero ya había empezado a debilitarle el abdomen a puñaladas, pero ninguna era realmente importante. Yo tampoco acertaba a darle una buena puñalada en el cuello. Empezó a decir "no, no" una y otra vez. Me apartó de un empujón y empezó a correr. Yo corrí tras él y pude agarrarle. Le cogí por detrás e intenté seguir degollándole. Oí el desgarro de uno de mis guantes. Seguimos forcejeando y rodamos. "Tíralo al terraplén, hacia el parque, detrás de la parada de auto­bús. Allí podríamos matarle a gusto", dijo mi compañero. Al oír es­to, la presa se debatió con mucha más fuerza. Yo caí por el terraplén, quedé medio atontado por el golpe, pero mi compañero ya había ba­jado al terraplén y le seguía dando puñaladas. Le cogí por detrás pa­ra inmovilizarle y así mi compañero podía darle más puñaladas. Así lo hice. La presa redobló sus esfuerzos. Chilló un poquito más: "Jo­putas, no, no, no me matéis".»
«Ya comenzaba a molestarme el hecho de que ni moría ni se de­bilitaba, lo que me cabreaba bastante [...]. Mi compañero ya se ha­bía cansado de apuñalarle al azar [...].»
«Se me ocurrió una idea espantosa que jamás volveré a hacer y que saqué de la película Hellraiser. Cuando los cenobitas de la pelí­cula deseaban que alguien no gritara le metían los dedos en la boca. Gloriosa idea para ellos, pero qué pena, porque me mordió el pulgar. Cuando me mordió (tengo la cicatriz) le metí el dedo en el ojo [...].»
«Seguía vivo, sangraba por todos los sitios. Aquello no me impor­tó lo más mínimo. Es espantoso lo que tarda en morir un idiota [...].»
Carlos Moreno Fernández fue un idiota que trabajó desde los ocho años como aprendiz de relojero, un obrero que con el oficio más que aprendido se quedó en paro desde hacía nueve años y padeció de nervios hasta que su esposa lo colocó en la empresa de limpieza El Impecable Ibérico, probablemente un nombre estúpido también; Carlos Moreno Fernández fue un idiota que no consintió jamás la entrada de un fontanero, un albañil o un electricista en casa porque él solo se bastaba para arreglarlo todo, un hombre idiota que a fuer­za de trabajo había conseguido dinero para educar a sus tres hijos, que sabía cocinar y le encantaba cuidar flores, un hombre que huía de los televisivos «Quién sabe dónde», «Su media naranja» y «Códi­go Uno», porque le parecían «programas para marujas». Un hom­bre. Con sus aspiraciones a corto y largo plazo, sus pequeños y gran­des recuerdos, reducidos a un charco y un bulto entre las piedras.
«Vi una porquería blanquecina saliendo del abdomen y me dije: “Cómo me paso” [...].»
«A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano [...]»
«No salió información en los noticiarios, pero sí en la prensa, El País, concretamente. Decía que le habían dado seis puñaladas entre el cuello y el estómago (je, je, je). Decía también que era el segundo cadáver que se encontraba en la zona y que [el otro] tenía 70 puña­ladas (¡qué bestia es la gente!) [...]»
«¡Pobre hombre!, no merecía lo que le pasó. Fue una desgracia, ya que buscábamos adolescentes y no pobres obreros trabajadores. En fin, la vida es muy ruin. Calculo que hay un 30% de posibilida­des de que la policía me atrape. Si no es así, la próxima vez le toca­rá a una chica y lo haremos mucho mejor.»
Como no había nada que lamentar, sino todo lo contrario, la ha­zaña corrió de boca en boca entre la banda del rol. Así hasta que se enteró un amigo de ellos que se lo contó en confesión a un cura, des­pués al padre, y el padre lo puso en conocimiento de la policía.
Batallones de periodistas y psiquiatras comenzaron sus investiga­ciones. Nunca hasta este entonces se había dado en España un caso semejante.
Pascual Duarte, el genuino personaje de Camilo José Cela, co­menzó sus fecharías porque pensó que la perra le miraba mal. De un tiro la mató.
El ejecutivo rico, vacío y psicópata que protagoniza la novela del estadounidense Bret Easton Ellis narra con algunos años de antela­ción a Javier y con parecida frialdad su asesinato del mendigo: «Luego le corto el globo ocular... y él empieza a gritar cuando le cor­to la nariz en dos, lo que hace que la sangre me salpique un poco». El ejecutivo producto de la ficción contaba con el móvil filosófico de que los perdedores no cuentan en esta vida. El existencialista de El extranjero que inmortalizó Albert Camus en 1942 mató porque le atormentaba el calor, el resplandor insoportable del mar. A Javier y a Félix sólo les movió el juego.
Siete meses después del crimen, Félix Martínez, el compañero del autor del diario, declaró al psiquiatra José Cabreira, del Instituto Na­cional de Toxicología: «Después de leer todos los artículos de prensa que han hablado de nosotros, todo me parece basura periodística exagerada para distraer a la opinión pública de otras cosas más im­portantes. En particular se ha exagerado con el diario de Javier, en el que yo sé que lo que escribió estaba muy exagerado y fantaseado, es­cribió lo que él cree que pasó y en él es donde me inculpa. Además lo escribió muy deprisa, en dos o tres días, enseñándoselo luego a ami­gos comunes».
Javier también culpa a la prensa de su situación. Ninguno de los dos amigos ha hablado con rencor del otro. «Le llegué a idealizar», confesó Félix, «ése fue mi error y otro error, dejarme llevar demasiado». Para después añadir sin reparos: «Me dejé engañar, era cons­ciente de que me dejaba llevar, pero siempre aprendía algo».
Un monstruo
Félix sigue teniendo la impresión de que su amigo era un su­perdotado: «Javier es casi un inútil, alérgico, miope, con diarreas... Tiene de todo, incluso un estómago que es un caso único... Sin embargo en la parte mental es un monstruo... ».
Con un monstruo así era imposible que la policía los descubriese.
La banda confiaba en el Master, aunque no sabían que habían deja­do intactas las 60.000 pesetas en la chaqueta del idiota, con lo cual, la policía empezó a descartar el móvil del robo.
Nada más asesinarlo, Javier dedicó una ficha a Carlos con el nombre de Benito, el mismo que un profesor de Químicas. Lo dibu­jó con su bigote, con la bolsa donde guardaba su mono de trabajo, y puntuó sus cualidades: Fuerza 8, Poder 6, Carisma 4, Inteligencia 6, Tamaño 15, Voluntad 16.
Había que proseguir rellenando fichas, más cadáveres sobre la tumba del tablero, homicidios en serie, con la perseverancia de Jack el Destripador o sus secuaces anglosajones. Cuando fueron detenidos se disponían a salir de nuevo de cacería con los guantes de látex. Pe­ro a sus espaldas olvidaron una cosecha de pruebas. Restos de guan­tes en la cara del idiota, el reloj de Félix perdido en la pelea, el diario, el famoso diario en casa. Cuando la policía detuvo a Javier aún lleva­ba el dedo vendado que aseguró en el diario haberse herido al meter­lo en la boca del idiota. Se encaminaba a la casa de Félix, a veinte me­tros de la suya, con un paquete de guantes en la mano. Félix se derrotó enseguida, lo que en lenguaje policial significa ni más ni me­nos que reconoció todo. Entre sollozos declaró que el plan consistía en matar esa noche tórrida del 5 de junio a una chica y para eso los guantes. Pero Javier no se arredró ni por los agentes de la brigada de la Policía Judicial de Madrid, ni por las pruebas que le colocaban de­lante de su considerable nariz, ni por la lectura en vivo del diario.
–¡Dios mío, no puedo creer que yo haya hecho eso! Tengo la du­da de que sea verdad o ficticio.
–Si a las cuatro de la mañana –le preguntaba el policía– no esta­bas dando 20 puñaladas a un hombre, ¿qué hacías?
–Creo que estaba jugando al ordenador, no recuerdo bien. Después de los agentes llegó el batallón de psiquiatras a la cárcel.
Cada uno con sus entrevistas, con parecidas preguntas y distintas conclusiones. Si estaban locos, ningún crimen podría imputárseles; y si no, la condena sería por homicidio. Psicóticos o psicópatas, ése era el dilema.
Los psicóticos no son responsables de sus actos, los psicópatas, sí.
Los primeros se libran de cualquier condena, los segundos no. En el psicótico no existe conciencia del yo, en el otro, sí.
Los padres de Javier Rosado contrataron los servicios del profe­sor de Psiquiatría Forense de la Universidad Complutense de Ma­drid José Antonio García Andrade. El doctor se quedó extrañado de que su cliente declarase un cariño enorme por su padre, al tiempo que desconocía su edad y profesión. De la madre decía que trabaja­ba de ATS porque de vez en cuando le sanaba alguna herida.
Le confesó a García Andrade que de entre las razas, la que más le ha influido, la que más se asemeja a su persona es Cal, a quien de­finió como «un niño frágil, a veces una mujer rubia, que emana tal sufrimiento que es difícil acercarse a ella, aunque es peor cuando sonríe o tiene la cara machacada». Y aseguró: «Sin Cal yo no sería lo que soy. Con él aprendí a aprender. Lo conocí en 1988; Cal es do­lor; el bendito sufrimiento; ama los cuchillos, los objetos punzantes o cualquier cosa que pueda producir dolor, aunque lo que más le fas­cina es el dolor del alma».
De Cal aprendió Javier su simple teoría sobre la vida: «Aprender a usar el dolor es disfrutado como el placer. El dolor de los puntos de sutura que me dieron en la rodilla cuando tuve un accidente es mayor que el orgasmo con una mujer. El dolor es mejor que el pla­cer y más barato. La gente confunde al cenobita con el masoquista, pero no son lo mismo; éste disfruta siendo humillado y al someter­se, pero el cenobita disfruta al sufrir, porque con el dolor saca conocimiento. Cal dice que cometió el crimen del que se me acusa. Lo ha­ce para dañarme, para enseñarme, para causarme pena, desespera­ción, pero Cal no mata, sólo tortura».
¿Loco o actor? El 8 de octubre de 1994 le reveló a García Andra­de que el primer golpe a la víctima fue con un cuchillo pequeño de conchas naranjas. Le dio en el mentón y en la cara anterior del cue­llo y señaló el movimiento de su víctima bajando la cabeza hacia el tórax. García Andrade le hizo ver que este dato no venía en los pe­riódicos. Javier sintió miedo por primera vez, al menos, eso es lo que el forense contratado por su familia reseñó. «Estoy al borde de la lo­cura, necesito ayuda», cuenta el psiquiatra que dijo Javier, «es ver­dad, esto no venía en la prensa. Hay veces en que yo no miro, no veo, no siento, no huelo, no me fijo, no es una mente, es una máquina, tienes que hacer una cosa y la haces. Eso ocurrió».
En ese momento de la entrevista solicitó que se le sometiese al Suero de la Verdad, y se sumergió, según Andrade, en una gran an­gustia.
¿Loco o actor? Para el psiquiatra contratado por su familia, Ja­vier está loco, por tanto no se le podría imputar delito alguno. García Andrade sostiene que este chico de «inteligencia de tipo medio, con buena capacidad de abstracción y de síntesis» padece una «es­quizofrenia paranoide, además de personalidad múltiple psicótica y amnesia disociativa». Psicótico pues, sin lugar a la condena, además de esquizofrénico y con problemas de memoria.
Para el doctor, el juego no fue la causa de sus enfermedades, si­no precisamente la máscara. Dos años después del crimen, Javier se­guía jugando a Razas en la cárcel.
Pero el dictamen de García Andrade no era más, ni menos, que un estudio de parte, es decir, algo que había que contrastar necesa­riamente con otros estudios.
La titular del juzgado de instrucción número cinco de Madrid encargó otro informe a las psicólogas adscritas a la clínica médico-forense de Madrid Blanca Vázquez y Susana Esteban.
Cuando Javier les empieza a hablar de su perro Atila dice: «El pe­rro es una magnífica persona, cuando lea la prensa ya sabrá él a lo que me refiero».
Javier se declara ratón de bibliotecas, con más de 3.000 volúme­nes en su casa, y las psicólogas corroboran que el preso cuenta con cierto bagaje de cultura fantástica, pero no sabe quién es Martin Luther King, por no hablar de temas corrientes como ecología o Ter­cer Mundo, de los cuales asegura desconocer todo.
El dilema
¿Loco o actor? El informe de las psicólogas lo califica de psicópata pero... «este diagnóstico implica un trastorno de personalidad que no afecta en absoluto a su capacidad de entender y obrar [...]. El sujeto sabe lo que quiere hacer y quiere hacerlo cuando lo hace». Por tanto, susceptible de condena.
El informe de las psicólogas es bastante más duro que el del psi­quiatra contratado por la familia. Para ellas, Javier Rosado jamás se ha creído ser una de sus razas, sino que las conoce y controla a su voluntad y siempre desde una perspectiva de observador. Y conclu­yen: «Se trata de un sujeto altamente peligroso [...]. Bajo circuns­tancias favorables podría cometer cualquier crimen violento y sádi­co. Odia a la sociedad y a las personas, con las que no se siente implicado más que de forma racional. Busca activamente reconoci­miento social».
Blanca Vázquez y Susana Esteban concluyen su estudio de 21 pá­ginas el 7 de octubre de 1994. Doce días después Juan José Carras­co Gómez y Ramón Núñez Parras, especialista en psiquiatría el pri­mero y médicos forenses ambos adscritos a los juzgados de la plaza de Castilla, presentan a petición de la juez otro estudio sobre Javier de 51 páginas. Ambos análisis, el de ellas y el de ellos, se habían efectuado de forma paralela a petición de la juez y de eso se queja­rían por escrito Carrasco y Núñez al entender que «los retests practi­cados en fechas cercanas pierden fiabilidad».
Unos y otras se encierran con el preso, visitan a sus familiares, analizan sus escritos y, al emitir sus dictámenes, se contradicen. Ca­rrasco y Núñez sostienen que cualquiera de las múltiples personali­dades de Javier «pueden tomar el control absoluto de la conducta». O sea, exento de penas.
Aunque también hacen reseñar los doctores que tanto su madre como su hermano mayor no habían observado antes del crimen nin­gún comportamiento en Javier sospechoso de tratamiento psiquiátrico. Ni alteraciones de memoria, ni manifestaciones de las distintas personalidades, ni soliloquios. Siempre fue muy estudioso, introver­tido y lector infatigable. Nunca pensaron que precisase de psicólogos, aunque una vez en la cárcel comenzaron a verle con trastornos serios en sus visitas.
En una de sus entrevistas los dos psiquiatras llegan a plantearse si Javier actúa en plan estratega, porque alguna vez les había ad­vertido que durante su estancia en prisión iba a resucitar a Wul, el estratega que estaba adormecido, para defenderse así de funciona­rios, médicos y otros presos.
Tras varias horas de entrevistas con el recluso y su familia, tras consultar las más de 1.000 páginas que Javier escribió sobre su jue­go, además de bibliografía y jurisprudencia sobre personalidad múltiple en Estados Unidos, Carrasco y Núñez concluyen que sus tras­tornos no están buscados conscientemente como coartada porque sería muy difícil de simular un cuadro clínico de tanta riqueza, ex­presividad y contenidos. Resumen: enajenación mental completa. En cuanto a las posibilidades de cura, «no existe ninguna cuya indica­ción sea garantía de una evolución favorable».
Sin embargo, Javier Saavedra, el abogado de la familia de la víc­tima, asesorado por psiquiatras especialistas en casos de múltiple personalidad, sostiene que Javier es un psicópata dueño de todos sus actos. «Si hubiera encontrado junto a la víctima a un guardia civil, un psicótico habría cometido el crimen igualmente, pero Javier Ro­sado, no: él discernía el peligro. El psicótico puede ver perturbados sus sentidos afectivos, pero no es frío como el psicópata.»
Carlos Fernández Junquito, médico psiquiatra del Hospital Ge­neral Penitenciario, vio a Javier como una persona con la afectivi­dad prácticamente abolida. «Cierto día, estando presente en la en­trevista la psicóloga de la Unidad, le dijo: "Puede usted quedarse, es como el teléfono".»
Pero el psiquiatra Fernández Junquito le diagnosticó el 18 de oc­tubre de 1994, en el informe más breve de los tres elaborados, es­quizofrenia paranoide, algo que desecharon otros doctores.
Para el letrado Saavedra, Javier Rosado no sólo está exento de cualquier tipo de esquizofrenia sino que se trata de un psicópata res­ponsable y consciente de todo lo que hizo: «El lenguaje del psicópa­ta es estructurado, racional y lógico, como el de Javier; los psicópatas_ son seres racionales, muy manipuladores, engañan mucho, ambicio­nan el poder y para ello se valen del lenguaje, mientras que el psi­cótico pasa del poder. En el momento en que lo cogieron no es un psicótico, aunque después haya desarrollado una psicosis».
Javier se consideró impotente ante los psiquiatras para saber si él había cometido el crimen. Aseguró que si intentara averiguarlo se podía declarar dentro de su cabeza una guerra civil entre las razas, como la que sufrió con 17 años: «Hubo una rebelión en COU que fue la guerra de los Maras... fue cuando tuve el desengaño amoroso, mi depresión, Mara contra Fasein». Para investigar sobre aquel cri­men dijo que tendría que atravesar pasillos de su cerebro muy peli­grosos, porque hay razas que no dejan pasar a nadie por allí.
El 22 de junio de 1994 Javier salió esposado de la cárcel de Val­demoro para que lo examinara en los calabozos de la plaza de Cas­tilla un forense. En el trayecto del furgón a la cárcel, un redactor de El País le preguntó:
–Javier, ¿te arrepientes de lo que has hecho?
–Yo no he hecho nada –contestó con la cabeza gacha para eludir las fotos–, yo no he hecho nada.
Uno de los guardias civiles que lo custodiaban le levantó la cabe­za agarrándolo por la nuca y le dijo:
– ¿Que no has hecho nada, cabrón?
En la cárcel, algunos presos mucho más fornidos que él le respe­tan y le temen por el halo de inteligencia que le ha otorgado la pren­sa y sus partidas de ajedrez.
Pero su compañero Félix fue a parar a un pabellón de adultos donde los otros presos, en un alarde de originalidad, lo han bautiza­do con el alias de Niño.
Los psiquiatras Carrasco Gómez y Núñez Parra señalan que a pe­sar de todo Félix seguía admirando a Javier y se mostraba interesa­do por lo nuevo que podía estar escribiendo su amigo en prisión sobre Razas. «Ahora seguro que utiliza la raza 17, Wul, y la 18, la serpiente de lengua bífida, que intenta convencer haciendo daño a otros, implicar a otros para salvarse él mismo ... y es posible que Fa­sein pueda cortarse los dedos, Fasein es el que se automutila, que aprende con el sufrimiento, que se va cortando los dedos y va apren­diendo ... »
Félix a veces también duda de su personalidad: «No estoy seguro de haberlo hecho... pero quizás no fuera yo en ese momento... esta­ba muy identificado con Javier... me he metido en un lío... [sollozos], de una broma de matar a alguien nunca pensé que fuera a suceder lo que sucedió».
Mientras esperaban la sentencia del juez, Javier seguía jugando a sus Razas, inventando alguna de ellas basada en la persona de un policía que le interrogó, y Félix se entretenía con poemas como este que escribió antes del crimen:
Quiero romper las cadenas de la muerte
y volar por estepas infinitas
con un caballo de alas marchitas
cantando con el grito de un demente.
Pasarán estaciones pequeñitas
en el ritmo incesante de mi mente
con mi amargo recuerdo tan caliente
soñarán las mujeres más bonitas.
Mas te recuerdo y en mi memoria gritas.
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2016.03.21 11:42 EDUARDOMOLINA De periodistas, policías, putas… y jueces.- Jesús Cacho.- vozpopuli.com

http://vozpopuli.com/analisis/78083-de-periodistas-policias-putas-y-jueces
"Las tres “Pes”, periodistas, policías y putas, tres oficios cabrones moviéndose a menudo, particularmente en el viejo y bohemio mundo del periodismo de sucesos [vean la nueva serie televisiva “El Caso”] en el filo de la navaja, en ese espacio lleno de sombras lindero con la transgresión de la ley.
En la atmósfera de una España incapaz de dotarse de nuevo Gobierno, cansada del aluvión diario de frases vacías de la casta política, inerme ante asuntos de tanto calado como el envite separatista catalán, dolorida por la secuencia de paro y bajos salarios que sufren tantas familias, acaba de tener lugar un acontecimiento que, tronco de potentes ramas, es claro exponente de las miserias, tantas veces cantadas, de un régimen que ha llegado hasta aquí casi arrastrándose. Se trata de un caso que muestra en su desnudez los males que aquejan a la Justicia, la existencia de un poder policial paralelo en las cloacas del Estado, las miserias de un oficio, el periodismo, muy venido a menos, y los riesgos que acechan la travesía de los nuevos Reyes, cuya figura impoluta acaba de sufrir el primer lamparón grave. Jueces, policías, periodistas y reyes. Faltan las putas, quizá el único oficio noble en esta farsa.
La titular del juzgado de instrucción nº 39 de Madrid ha decidido dar carpetazo a la causa abierta contra el empresario Javier López Madrid (JLM), a resultas de una denuncia presentada contra él por la médico Elisa Pinto por supuesto acoso sexual, amenazas y agresiones. Todo apunta a que JLM y la doctora, que durante años había atendido como dermatóloga a la familia del ricohome, intimaron más allá de lo que podría ser considerado normal hasta que, llegado el momento, la doctora decidió cortar por lo sano. Ahí hubiera terminado el roce si nuestro hombre, poco acostumbrado a recibir negativas, no se hubiera rebelado contra tal decisión. JLM, cuya arquitectura embutida en elegante chaqué ha figurado con reiteración entre el glamuroso grupo de amigos de Felipe de Borbón en la bodas y bautizos reales, es lo que coloquialmente se conoce como un “poderoso”: casado con Silvia Villar Mir, hija del dueño del grupo OHL, Javier es, en definición de sus amigos, “un niño hiperactivo”, inteligente en apariencia, que no puede quedarse quieto ni cuando le convendría estarlo, con un afán de protagonismo que raya en lo enfermizo, un ansia loca de llamar la atención, y un irrefrenable instinto depredador cuando en su camino se cruza una señora bien vestida calzando zapato de aguja. Su suegro, cruel a la hora de opinar sobre un yerno al que siempre ha vetado la primera línea ejecutiva de sus empresas, le ha defendido ahora con determinación, tal vez por hacer honor a esa hija que, en medio de la tempestad, se ha mantenido inquebrantablemente fiel a su marido.
Todo hubiera quedado reducido a una querella judicial más si a JLM no se le hubiera ocurrido contratar los servicios -siempre supuestamente- del famoso comisario José Manuel Villarejo.
Estaba claro quién iba a salir ganador de la batalla entre el ricachón con aldabas y la doctora anónima. Todo hubiera quedado reducido a una querella judicial más si a JLM, que a su vez interpuso querella contra la doctora por supuesto acoso en el juzgado nº 25 de Madrid, no se le hubiera ocurrido contratar los servicios –siempre supuestamente- de un policía tan significado como el comisario José Manuel Villarejo, más conocido como Pepe Villarejo, el cual le fue presentado por Francisco Granados, hoy en prisión en su condición de cabecilla de la trama Púnica. Conviene advertir al lector de la imposibilidad de intentar siquiera, en el corto espacio de este relato, una aproximación a los mil avatares de una historia que daría para varios best sellers. Sirva, empero, como muestra, el episodio de los dos apuñalamientos sufridos por la doctora y denunciados en la Comisaría de Chamartín (Madrid). Los policías que, en el segundo de ellos, acudieron al escenario de los hechos lo relatan así: “Personados en el lugar, localizan en el interior del vehículo a la víctima, la cual se encuentra en compañía de su hijo menor de edad, del cual no han podido recoger sus datos de identidad debido al estado en el que se encontraba. Los comparecientes observan cómo dicha persona se encuentra con la camisa con restos de sangre, presionando con su brazo una herida abdominal de la cual brota sangre (…) El hijo de la perjudicada, en el interior del vehículo durante los hechos, ha manifestado de forma espontánea a los declarantes que un varón acaba de apuñalar a su madre”.
En la rueda de reconocimiento posterior, la doctora y su hijo habrían identificado al comisario como el supuesto autor de los pinchazos. En la causa figura un aluvión de wasaps y sms supuestamente incriminatorios contra JLM, cuya autoría éste rechaza acusando a la doctora, a la que tilda de “loca”, de haberlos fabricado con intención de perjudicarle. Un caso claro de indefensión de una mujer que, harta del ninguneo sufrido en las comisarías de Policía, se vio obligada a denunciar su caso en el cuartel de la Guardia Civil de Tres Cantos. La presencia de Villarejo en la trama, con todo, ha venido a poner de manifiesto la existencia de las sentinas –cabría decir mejor en las letrinas- del Estado de una serie de policías que, so capa de haberle prestado grandes servicios en asuntos muy sensibles, funcionan de forma autónoma aceptando encargos de particulares –caso de la disputa entre JLM y Pinto- bien remunerados, sin estar sometidos al control de la propia cúpula policial ni de los tribunales. Dos millones es la cifra que supuestamente habría pagado JLM por el “asesoramiento” de Villarejo en el caso. No se conoce la cifra que el comisario y su ayudante pidieron al entonces número dos de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, en la conversación –que grabaron- mantenida en una cafetería del centro de Madrid para ayudarle a librarse del enojoso asunto del ático de Estepona, un caso que hoy tiene a González imputado. Son apenas dos de los muchos “trabajos” prestados por Villarejo y su equipo -policías y abogados a sus órdenes- a banqueros y empresarios de postín.
La fortuna del comisario Villarejo.- El aludido argumenta haberse jugado la vida en operaciones de alto riesgo donde ni el CNI, con quien nunca ha congeniado, era capaz de llegar. Para ello, y con el visto bueno de los sucesivos ministros de Interior –hasta 10 han pasado por la “piedra” de Pepe Villarejo- el policía montó una red de empresas tapadera que le permitiera operar de forma tan anónima como discreta. Con el lodo de esos polvos, Villarejo se ha fabricado una respetable fortuna personal que algunos comisarios, poco amigos del aludido, consideran bien ganada. Javier Ayuso publicó en El País que el citado ha manejado 46 sociedades en los últimos 30 años, siendo propietario de más de una docena con un capital social superior a los 16 millones. El comisario goza hoy de una notable popularidad en los ambientes periodísticos que no sería entendible sin aludir a otra de sus facetas menos conocida pero más sorprendente: su condición de “expendedor” de buena parte de los dossiers que en los últimos tiempos han alfombrado las exclusivas de una serie de notorios periodistas madrileños, tipos brillantes que durante años han abrevado en las aguas ricas en plancton de una “policía patriótica” dispuesta a amargarle la vida a Jordi Pujol, a Artur Mas o a Xavier Trías, entre otros, con informes a menudo de una redacción que roza lo burdo de puro pedestre.
El último traje salido de esa sastrería tiene que ver con el llamado “informe PISA” (Pablo Iglesias S.A.), un texto que, plagado de recortes de prensa y falsamente atribuido a la UDEF, versa sobre la financiación de Podemos y ha sido remitido en última instancia al Tribunal de Cuentas.
La profesión periodística está hoy muy 'malita', casi tanto como la de jueces y policías, por culpa del derrumbe de los estándares éticos Son las miserias de un oficio, el periodístico, que se ha proletarizado por culpa de la crisis, por un lado, y se ha envilecido, por otro, con un sin número de columnistas de postín que al tiempo que se rasgan las vestiduras con la corrupción imperante trabajan de tapadillo para grandes empresas y agencias de comunicación. Una profesión que hoy está muy “malita”, casi tanto como la de jueces y policías, por culpa del derrumbe de unos estándares éticos que ha dejado a las putas convertidas en respetables señoras de compañía. Periodistas, policías y jueces.
Faltan los responsables políticos del escándalo de esos grupos policiales que se mueven en la sombra a su antojo. Falta que el titular de Interior, Jorge Fernández Díaz, dé a la sociedad española una explicación de lo que está pasando. No lo ha hecho en cuatro años. Dicen que no puede darla, porque las “cloacas” le tienen bien cogido de los compañones en asuntos que tienen que ver con su vieja relación con Pujol. El relato de Ayuso sobre la fortuna del comisario hubiera hecho saltar de su asiento al policía más laureado del mundo en cualquier democracia del mundo. Aquí, ni siquiera su arremetida contra el director general del cuerpo, Ignacio Cosidó, logró movilizar al pío Fernández. Valga, por una vez, el último párrafo de un editorial de El País de marzo de 2015: “La existencia de grupos en la sombra dentro de las fuerzas policiales es motivo de escándalo en otras democracias. La diferencia sustancial es la respuesta de las instituciones.
En un Estado europeo serio se persigue y depura a los policías que actúan por su cuenta o derivan en partidas de la porra. Lo que no puede nunca hacer una democracia es vivir bajo la sospecha de que sus fuerzas policiales actúan fuera de control”.
Fernández Díaz pide calma y dice que todo es cuestión de tiempo: hay que esperar hasta mayo, mes en el que el comisario Villarejo pasará a la condición de jubilado. Así están las cosas. Quien no ha querido esperar ha sido la juez Belén Sánchez, titular del juzgado nº 39, que se ha dado prisa en archivar la causa abierta contra JLM por encontrar “contradictorias” las versiones de la doctora, dando así satisfacción a una fiscalía que hacía tiempo presionaba en tal sentido.
¿Simple cuestión de incompetencia, o de miedo? Los abogados de la dermatóloga han recurrido ya ese archivo, argumentando que “no se puede sobreseer la causa sin haber practicado previamente las diligencias solicitadas”, ello, además, cuando en el juzgado nº 25 sigue abierta la interpuesta por JLM contra la doctora. Hay, sin embargo, algo que ha llamado poderosamente la atención del respetable: la relación causa efecto existente entre la publicación de unos mensajes muy comprometedores de la reina Leticia en apoyo de JLM y el archivo de la causa.
La reina Leticia se mancha las manos.- Porque al culebrón de la juez que archiva, el empresario chulapo, el comisario “malote” y los periodistas de investigación que reciben empaquetada la "mercancía", le faltaba la guinda de los reyes de España entrando en escena en el peor momento posible, cuando Felipe VI se la coge con papel de fumar en la delicada tarea de arbitrar el impasse político que afecta a la nación. Los sms de la reina Leticia al mozo, aparecidos días atrás en eldiario.es, nada tenían que ver con su pelea con la doctora, sino con otras desgracias que aquejan al prenda: su imputación en la trama de corrupción Púnica (financiación ilegal del PP por parte del grupo Villar Mir) y en el caso de las tarjetas black de Caja Madrid, que al muchacho, tan listo, tan audaz, no le ha salido cosa bien en los últimos cien años. El caso es que la reina Leticia se despachó de esta guisa en apoyo del marido de su amiga y compañera de yoga, Silvia Villar Mir: “Te escribí cuando salió el artículo de lo de las tarjetas en la mierda de LOC [el suplemento “La Otra Crónica” del diario El Mundo] y ya sabes lo que pienso, Javier. Sabemos quién eres, sabes quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Lo demás, merde. Un beso compi yogui (miss you!!!)”. Un torpedo en plena línea de flotación de La Zarzuela
Demoledor para la imagen de la reina plebeya y, por extensión, para el propio Felipe VI. ¿También le gustan a Leticia los ricos arrogantes? Le hemos tomado la matrícula, Señora. Los nuevos reyes de España han perdido ya la virginidad y empiezan a parecerse un poco al rey emérito, el gran Campechano. Los Dioses quieran que haya sido solo un error de principiantes. La Casa del Rey ha querido marcar distancias (“Esa relación de amistad ya no existe”), exigiendo la renuncia de JLM como miembro del Patronato Princesa de Asturias. Mientras tanto, JLM ha decidido poner tierra por medio: se va a trabajar a Londres, a una de las empresas de su riquísimo suegro. “Mi vida ya no tiene sentido”, asegura, siempre melodramático. Huelga tratar de hallar moraleja a semejante relato, retrato en cuerpo entero de un país donde ni los jueces, ni los policías, ni los periodistas, ni los políticos cumplen con su deber. Esto está podrido de la cruz a la raya. Y la cuestión no es acabar con la austeridad, querido Pedro Sánchez, sino regenerar de arriba abajo un país que simplemente ha dejado de ser decente. Demasiada tarea para voacé, me temo."
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